Elogio del libro

Por.- Alejandro Rossi 1932-2009

La Biblioteca es uno de los espacios mágicos que ha inventado el hombre. Cuando entro en una de ellas—hoy es uno de esos días—me invade una sensación de tiempo histórico prolongado y me sobreviene a la vez una suerte de creciente energía. Es la extraña sensación de estar, en un silencio que las hace más vivas, rodeado de personas y de voces, dispuestas todas a hablar conmigo. Y de tener, además el poder supremo de conversar con quien yo elija, ¿No es asombroso? En el momento en que comienzo a leer se produce ese milagro. La lectura, ese acto al parecer tan simple, es la causa de tantas maravillas. Enseñar a leer es una obligación sagrada, no hacerlo es como cegar a un hombre. Aunque la lectura no se reduce al libro, este ha sido el objeto privilegiado. No es casual, sus ventajas son innumerables. No se destruye fácilmente, con un mínimo de cuidados dura siglos, no impone un tamaño fijo, los hay enormes y pesados, y también los que caben en un bolsillo; a éstos, por cierto, los inventó en Venecia Aldo Minuzio. El libro acta cosa curiosa: no me exige que lo leamos en la paz de una sala de lectura profesional o en un parque, o en la cama, o en el estrecho asiento de un avión. No exige un espacio específico. Si hay ganas, cualquier sitio es bueno. Las páginas no se alteran porque, sea caro o barato, el precio mejora la encuadernación pero no el poema ni aquella frase deslumbrante. Si, los textos de los libros baratos son tan buenos como el de los lujosos. ¿ No es acaso sorprendente ? otro asunto notable, creo, es que si lo pierdo, desaparece ese objeto, aunque no el libro. Voy a la librería y vuelvo a encontrarlo. Vaya cosa curiosa: no me exigen, que lo lea en silencio, nada pierde y a veces y a veces gana si lo hago en voz alta. También me permite leerlo en soledad o entonárselo a alguien o a muchos. ¿ Cómo, pues, no hacer el elogio del libro, fantasía que parece, justamente salida de un libro ? En ocasiones hay suerte y por azar damos con el libro que cambia un destino. Sospecho, sin embargo, que para que eso ocurra ya debe haber habido lecturas previas y es probable que en el comienzo encontremos –llamémosle así— un consejero. En nuestro mundo de aquí y ahora, esa figura la representa, en grado principal, el maestro, el de carne y hueso, el que está frente a los niños, frente a los adolecentes, a los adultos que se estrenan en el arte de la lectura. El maestro es esencial. Hay que ayudarlo. Sólo quiero recalcar una forma de hacerlo: aconsejarle la selección adecuada de las lecturas. El asunto es delicado, pues la elección de un mal libro puede adormecer definitivamente el alma de un niño, de un joven de un adulto. El buen maestro debe ser a su vez un lector inteligente y, sobre todo, un creyente en las virtudes del libro. Si es un infiel que en el fondo piensa que la lectura es una tarea fatigosa y que la diversión está en alguna obtusa historieta televisiva, estamos perdidos. El buen maestro debe enseñar al niño o al adolecente, o al adulto, el tiempo precioso que requiere la lectura, el es muy distinto al de la nerviosa pantalla, que nos da imágenes de interpretación más rápida. La lectura no es instantánea: es sucesiva y de tiempos lentos. Es una lección indispensable, luego vendrán los consejos finos para descifrar los textos. Sean estas palabras fugases un aliento … para mejorar la lectura. Juzgo que es importante y urgente. Leemos, en efecto, poco y muchas veces mal. Escasean las librerías y necesitamos más bibliotecas. Pero sobre todo, debemos multiplicar los lectores y así crecerá la conversación pública, que es la sal de la vida democrática, el diálogo, pues, que yo como universitario preocupado, incito y apoyo. Revista Proceso 1,702. 14 de junio de 2009. Pág. 68.