JULIO DE 2009

ALEJANDRO ROSSI (1932-2009)

AMIGO DE HIERRO

POR ENRIQUE KRAUZE

 

“Treinta y tres años, se dice fácil”, me decía Alejandro Rossi, sentado frente a mí en ese sillón que fue su mirador postrero, palmeando la mano que había yo puesto sobre su rodilla, alzando las cejas y asintiendo con nostalgia ante el paisaje de nuestra larga amistad, ese “vaivén de acuerdos y desacuerdos que se sostiene por la tolerancia y la creencia en la humanidad del otro”. Desde ese “territorio privilegiado”, como diría él, escribo estas líneas.
Le debo muchas orientaciones a Alejandro Rossi, privadas y públicas. Le debo muchas alegrías a Alejandro Rossi, pasajeras y permanentes. Le debo muchas enseñanzas a Alejandro Rossi, intelectuales y literarias. El “inmediato magisterio de su presencia” me ha acompañado desde hace días en el sueño y la vigilia, con su azaroso pero inconfundible catálogo de voces, tonos, expresiones, gestos, reflexiones, anécdotas, minucias, pasajes, escenas, encuentros, desencuentros, discusiones, risas, complicidades y batallas compartidas. Fui un errático discípulo suyo fuera de las aulas, leí en su momento y releí en muchos momentos sus libros, escuché con pasmo musical las inflexiones de su prosa, subrayé con el lápiz más fino sus asombrosos adjetivos, celebré sus extrañas asociaciones verbales, sus imágenes que parecían, y quizá eran, inéditas desde el Génesis. Fui un espectador activo, gozoso, comprometido del vertiginoso teatro de su mente.
Mientras se construía nuestra amistad, pude entrever la originalidad de su biografía. Era un profesional de la errancia, un decantado de idiomas, países, mares, travesías, doctrinas y sabidurías, un cirujano del lenguaje, un demiurgo que había logrado trasmutar la filosofía en literatura, un maestro en observar y representar la vida en cámara lenta, un preceptor del máximo rigor, un adversario implacable e invencible del “pensamiento gaseoso”, un crítico cuyo ácido podía matar pero también redimir. Conversar con él en un café o un restaurante, en la sala de su casa o una fiesta, era participar de ese riquísimo acervo existencial.
Mientras vivió escribí gozosamente sobre sus actitudes y manías, sobre su estilo literario y personal, sobre las peripecias de nuestra amistad –el tiempo en que nos hablamos de “usted”, el día en que me retó a duelo–, y a raíz de la aparición de Edén hice un recuento de su biografía y un repaso de sus libros que no le disgustó. Tampoco desaprobó mi libro sobre Chávez, dedicado a nuestra “amistad de hierro”: “es tu novela del dictador”, sentenció. Pero ahora entiendo que en mi caso el acto de escribir estaba hasta cierto punto ligado a la certeza de que Rossi estaba allí para certificarlo. Ahora que esa luz se ha apagado, entiendo mejor la frase de un clásico francés: “La amistad de un crítico es una bendición divina.”
La última vez que ejerció esa bendición conmigo fue decisiva. Le había mandado un texto sobre el rebrote del antisemitismo en México y España. Me llamó pidiéndome retrasar la publicación, cosa que hice, por supuesto. Rossi reconocía la tendencia y le repugnaba, pero con parsimonia y delicadeza fue desmontando mis argumentos y deslindando sutilmente las muy humanas actitudes de antipatía –aun de antipatía genérica– del odio característico del antisemitismo. Esa conversación, eco de tantas otras, cambió mi perspectiva del problema, lo reformuló y me reformó.
La enfermedad desdibujó su vida cotidiana. Ya no era sólo la incomodidad del tanquecito de oxígeno sino la certeza de los días contados. Entonces la errancia esencial llegó hasta su propia casa. Se mudó de su tranquilo estudio –donde leía rodeado de colecciones venerables, revistas del día, fotografías familiares– y pasó al vestíbulo superior, junto a su recámara. Vivía condenado a una posición de casi total inmovilidad. Se dejó crecer la barba pero cuidó su simetría perfecta, dando a su rostro una nobleza adicional, un perfil del Greco. Asumió su tránsito con tristeza pero con admirable elegancia y estoicismo. Nunca le vi una lágrima.
Le llamé por última vez hace un par de semanas. De pronto, me soltó una frase que ahora interpreto como un mandato espiritual. “¿Sabes qué estoy leyendo ahora? Estoy leyendo la Biblia. Estoy encantado. Es la mejor novela del mundo.

Fuente: http://www.letraslibres.com/index.php?art=13912